NUEVA YORK/CHICAGO – En cada fase de la pandemia de COVID-19, los trabajadores comunitarios de salud han sido indispensables. Ellos han realizado diagnósticos, llevado a cabo el rastreo de contactos, atendido a los enfermos, y administrado vacunas. Además, efectuaron todas estas tareas contando con un nivel mínimo de financiación, supervisión y asistencia.
El uso de trabajadores comunitarios de salud en la atención sanitaria rural tiene un largo historial de éxitos. En la década de 1960, los “médicos descalzos” de China ayudaron a que este país erradique la viruela y duplique la esperanza de vida. Una década más tarde, Bangladesh emuló en parte la iniciativa china cuando puso en marcha su programa de trabajadores comunitarios de salud que ayudó a lograr la mayoría de los Objetivos de Desarrollo del Milenio relacionados con la salud en el país, como por ejemplo aumentar la tasa de vacunación contra la difteria, el tétanos y la tos ferina de niños en zonas rurales, incrementando dicha tasa desde casi cero en la década de 1980 a más del 90% en la actualidad.
Los trabajadores comunitarios de salud no son médicos ni profesionales en enfermería. Son residentes locales con capacitación médica básica que ayudan a cerrar la brecha entre los centros de atención sanitaria y las poblaciones desatendidas. Por lo general, son capacitados por las ONG y reciben poca o ninguna remuneración de sus gobiernos. De hecho, pocos gobiernos de todo el mundo llevan registros sobre los trabajadores comunitarios de la salud o tienen una forma de comunicarse con ellos.
Estas personas comprometidas pueden convertirse en la columna vertebral de los sistemas de salud con resiliencia, mismos que son necesarios para gestionar la próxima pandemia. Sin embargo, para que eso suceda, estos sistemas necesitan más apoyo.
Los desafíos que enfrentan los trabajadores comunitarios de salud en todo el mundo son significativos. Muchos trabajadores, como por ejemplo las 50.000 voluntarias comunitarias de salud en Nepal, no reciben remuneración, a pesar de que el valor del tratamiento y la mano de obra libre de costo que todos estos trabajadores brindan en todo el mundo se estima en 1,5 millones de millones de dólares.
Pero el dinero es sólo uno de los problemas. En Brasil, algunos trabajadores comunitarios de salud reciben sólo una o dos semanas de capacitación antes de comenzar a trabajar sin supervisión. Los trabajadores comunitarios de salud en Etiopía pasan más tiempo viajando que tratando a los pacientes debido a la naturaleza rural y remota de las comunidades a las que brindan servicios. Una encuesta en Liberia llevada a cabo los años 2018 y 2019 determinó que menos de la mitad de los trabajadores comunitarios de salud contaban con existencias de zinc o amoxicilina que salvan vidas. Además, poco más de la mitad contaba con soluciones de rehidratación oral y medicamentos contra la malaria, herramientas que son de crucial importancia en un país donde cada año miles de personas mueren debido a la diarrea y la malaria.
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No es de extrañar que muchos programas de trabajadores comunitarios de salud experimenten altos niveles de deserción y vacantes. En Bangladesh, el 15% de puestos están vacantes en cualquier momento dado. La rotación de personal aumenta los costos, porque se debe reclutar, capacitar y desplegar al personal que reemplace al que renunció. También reduce la calidad de la atención brindada, ya que los trabajadores nuevos generalmente tienen menos experiencia práctica en la prestación de servicios sanitarios.
La pandemia sacó a luz la necesidad de contar con sistemas de salud que sean sólidos y adaptables, especialmente en las comunidades desatendidas. Para construir estos sistemas, debemos encontrar la manera de contratar, capacitar, equipar, supervisar y remunerar adecuadamente a los trabajadores de primera línea.
Para empezar, los grupos que gestionan programas de trabajadores comunitarios de salud deben revisar y esforzarse por seguir las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud sobre el apoyo a los trabajadores comunitarios de salud. Además, los gobiernos deben desarrollar y mantener registros sobre los trabajadores comunitarios de salud, registros que deben mantenerse actualizados y deben estar geo-referenciados, y deben poder ser utilizados para comunicar mensajes de salud pública, mejorar los vínculos entre las comunidades rurales y las clínicas de salud, y gestionar las crisis. Hacer un seguimiento de los trabajadores comunitarios de salud también puede ayudar a garantizar que estén capacitados y equipados adecuadamente.
Por último, los gobiernos y los socios de financiación deberían buscar otras formas de ayudar a los trabajadores comunitarios de salud. Una herramienta poco reconocida y muy rentable es una bicicleta resistente. La organización World Bicycle Relief, en colaboración con organizaciones de la sociedad civil como la Catholic Medical Mission Board y los ministerios de salud de siete países, ha distribuido casi 175.000 de sus bicicletas Buffalo, las cuales han sido especialmente diseñadas; estas bicicletas permiten que los trabajadores comunitarios de salud pasen menos tiempo en locomoción y más tiempo con los pacientes.
Las bicicletas han mejorado los resultados de salud en varios países africanos. En Kenia, los trabajadores comunitarios de salud que se transportan en bicicleta atendieron a más pacientes, superando la cifra anterior de pacientes atendidos en un 88%, y el número de derivaciones de pacientes para que se les realice pruebas de detección de tuberculosis en una clínica local se incrementó en un 50%. Los trabajadores comunitarios de salud equipados con bicicletas en Zambia cuadruplicaron la frecuencia de las visitas a sus pacientes. Y en Malawi, duplicaron la cantidad de pacientes que podían visitar. Las encuestas muestran que los trabajadores comunitarios de salud que tienen bicicletas son menos propensos a renunciar. Del mismo modo, cuando los supervisores del programa cuentan con bicicletas ellos pueden proporcionar mayor orientación a los trabajadores comunitarios de salud, lo que a su vez se traduce en una mejor atención para los pacientes y una mayor satisfacción laboral para quienes brindan atención sanitaria.
Cuando la fase aguda de la pandemia de COVID-19 llegue a su fin, será en gran parte gracias al trabajo incansable de los trabajadores comunitarios de salud. Lo mejor que el mundo puede hacer para maximizar su eficacia durante futuras crisis es cerciorarse de que ellos estén debidamente capacitados, equipados, empoderados e incluso que sus servicios sean debidamente remunerados.
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Donald Trump’s attempt to reindustrialize the US economy by eliminating trade deficits will undoubtedly cause pain and disruption on a massive scale. But it is important to remember that both major US political parties have abandoned free trade in pursuit of similar goals.
argues that America’s protectionist policies reflect a global economic reordering that was already underway.
Donald Trump and Elon Musk's reign of disruption is crippling research universities’ ability to serve as productive partners in innovation, thus threatening the very system that they purport to celebrate. The Chinese, who are increasingly becoming frontier innovators in their own right, will be forever grateful.
warns that the pillars of US dynamism and competitiveness are being systematically toppled.
NUEVA YORK/CHICAGO – En cada fase de la pandemia de COVID-19, los trabajadores comunitarios de salud han sido indispensables. Ellos han realizado diagnósticos, llevado a cabo el rastreo de contactos, atendido a los enfermos, y administrado vacunas. Además, efectuaron todas estas tareas contando con un nivel mínimo de financiación, supervisión y asistencia.
El uso de trabajadores comunitarios de salud en la atención sanitaria rural tiene un largo historial de éxitos. En la década de 1960, los “médicos descalzos” de China ayudaron a que este país erradique la viruela y duplique la esperanza de vida. Una década más tarde, Bangladesh emuló en parte la iniciativa china cuando puso en marcha su programa de trabajadores comunitarios de salud que ayudó a lograr la mayoría de los Objetivos de Desarrollo del Milenio relacionados con la salud en el país, como por ejemplo aumentar la tasa de vacunación contra la difteria, el tétanos y la tos ferina de niños en zonas rurales, incrementando dicha tasa desde casi cero en la década de 1980 a más del 90% en la actualidad.
Los trabajadores comunitarios de salud no son médicos ni profesionales en enfermería. Son residentes locales con capacitación médica básica que ayudan a cerrar la brecha entre los centros de atención sanitaria y las poblaciones desatendidas. Por lo general, son capacitados por las ONG y reciben poca o ninguna remuneración de sus gobiernos. De hecho, pocos gobiernos de todo el mundo llevan registros sobre los trabajadores comunitarios de la salud o tienen una forma de comunicarse con ellos.
Estas personas comprometidas pueden convertirse en la columna vertebral de los sistemas de salud con resiliencia, mismos que son necesarios para gestionar la próxima pandemia. Sin embargo, para que eso suceda, estos sistemas necesitan más apoyo.
Los desafíos que enfrentan los trabajadores comunitarios de salud en todo el mundo son significativos. Muchos trabajadores, como por ejemplo las 50.000 voluntarias comunitarias de salud en Nepal, no reciben remuneración, a pesar de que el valor del tratamiento y la mano de obra libre de costo que todos estos trabajadores brindan en todo el mundo se estima en 1,5 millones de millones de dólares.
Pero el dinero es sólo uno de los problemas. En Brasil, algunos trabajadores comunitarios de salud reciben sólo una o dos semanas de capacitación antes de comenzar a trabajar sin supervisión. Los trabajadores comunitarios de salud en Etiopía pasan más tiempo viajando que tratando a los pacientes debido a la naturaleza rural y remota de las comunidades a las que brindan servicios. Una encuesta en Liberia llevada a cabo los años 2018 y 2019 determinó que menos de la mitad de los trabajadores comunitarios de salud contaban con existencias de zinc o amoxicilina que salvan vidas. Además, poco más de la mitad contaba con soluciones de rehidratación oral y medicamentos contra la malaria, herramientas que son de crucial importancia en un país donde cada año miles de personas mueren debido a la diarrea y la malaria.
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No es de extrañar que muchos programas de trabajadores comunitarios de salud experimenten altos niveles de deserción y vacantes. En Bangladesh, el 15% de puestos están vacantes en cualquier momento dado. La rotación de personal aumenta los costos, porque se debe reclutar, capacitar y desplegar al personal que reemplace al que renunció. También reduce la calidad de la atención brindada, ya que los trabajadores nuevos generalmente tienen menos experiencia práctica en la prestación de servicios sanitarios.
La pandemia sacó a luz la necesidad de contar con sistemas de salud que sean sólidos y adaptables, especialmente en las comunidades desatendidas. Para construir estos sistemas, debemos encontrar la manera de contratar, capacitar, equipar, supervisar y remunerar adecuadamente a los trabajadores de primera línea.
Para empezar, los grupos que gestionan programas de trabajadores comunitarios de salud deben revisar y esforzarse por seguir las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud sobre el apoyo a los trabajadores comunitarios de salud. Además, los gobiernos deben desarrollar y mantener registros sobre los trabajadores comunitarios de salud, registros que deben mantenerse actualizados y deben estar geo-referenciados, y deben poder ser utilizados para comunicar mensajes de salud pública, mejorar los vínculos entre las comunidades rurales y las clínicas de salud, y gestionar las crisis. Hacer un seguimiento de los trabajadores comunitarios de salud también puede ayudar a garantizar que estén capacitados y equipados adecuadamente.
Por último, los gobiernos y los socios de financiación deberían buscar otras formas de ayudar a los trabajadores comunitarios de salud. Una herramienta poco reconocida y muy rentable es una bicicleta resistente. La organización World Bicycle Relief, en colaboración con organizaciones de la sociedad civil como la Catholic Medical Mission Board y los ministerios de salud de siete países, ha distribuido casi 175.000 de sus bicicletas Buffalo, las cuales han sido especialmente diseñadas; estas bicicletas permiten que los trabajadores comunitarios de salud pasen menos tiempo en locomoción y más tiempo con los pacientes.
Las bicicletas han mejorado los resultados de salud en varios países africanos. En Kenia, los trabajadores comunitarios de salud que se transportan en bicicleta atendieron a más pacientes, superando la cifra anterior de pacientes atendidos en un 88%, y el número de derivaciones de pacientes para que se les realice pruebas de detección de tuberculosis en una clínica local se incrementó en un 50%. Los trabajadores comunitarios de salud equipados con bicicletas en Zambia cuadruplicaron la frecuencia de las visitas a sus pacientes. Y en Malawi, duplicaron la cantidad de pacientes que podían visitar. Las encuestas muestran que los trabajadores comunitarios de salud que tienen bicicletas son menos propensos a renunciar. Del mismo modo, cuando los supervisores del programa cuentan con bicicletas ellos pueden proporcionar mayor orientación a los trabajadores comunitarios de salud, lo que a su vez se traduce en una mejor atención para los pacientes y una mayor satisfacción laboral para quienes brindan atención sanitaria.
Cuando la fase aguda de la pandemia de COVID-19 llegue a su fin, será en gran parte gracias al trabajo incansable de los trabajadores comunitarios de salud. Lo mejor que el mundo puede hacer para maximizar su eficacia durante futuras crisis es cerciorarse de que ellos estén debidamente capacitados, equipados, empoderados e incluso que sus servicios sean debidamente remunerados.
Traducción del inglés: Rocío L. Barrientos