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¿Cuánta «armamentización» tolerará la economía mundial?

ESTOCOLMO – En enero de 2025, el presidente estadounidense Donald Trump firmó una orden ejecutiva para poner fin a la «armamentización» (weaponization) de los organismos investigativos y de inteligencia federales, con el argumento de que el gobierno anterior había aprovechado sus interconexiones para reprimir a opositores. Los críticos dijeron que era una farsa, y los simpatizantes aplaudieron lo que vieron como firmeza frente a un abuso partidista. Pero detrás de este espectáculo jurídico asoma una historia mucho más amplia en la que intervienen gasoductos, rutas marítimas y flujos de comercio e inversión internacionales.

Los estudiosos de los asuntos internacionales llevan mucho tiempo analizando el uso de relaciones económicas asimétricas como instrumento para la obtención de ventajas estratégicas. Una contribución fundamental en el siglo XX fue la obra de Albert O. Hirschman National Power and the Structure of Foreign Trade (1945), donde demuestra que las potencias dominantes en relaciones comerciales desparejas pueden aprovechar su posición para arrancar concesiones políticas a socios más débiles. En los ochenta, David A. Baldwin catalogó en su Economic Statecraft diversas formas de aprovechamiento de los desequilibrios económicos; el autor señala que las sanciones, las ayudas y los incentivos comerciales pueden cumplir las mismas funciones coercitivas que el poder militar.

En la década siguiente, en un influyente artículo, Edward Luttwak sostuvo que tras la Guerra Fría, la competencia económica había sustituido al conflicto militar como principal escenario de la rivalidad entre grandes potencias. Por mucho tiempo se había dado por sentado que la interdependencia económica traería la paz como consecuencia natural; pero a principios de este siglo la idea ya estaba siendo puesta en duda; según los críticos, se trataba de «ilusiones liberales» que ocultaban las fricciones surgidas de los desequilibrios de poder económico.

A la par de todo esto, las políticas siguieron la teoría. Durante la Guerra Fría (como observó Alan P. Dobson), Estados Unidos utilizó la «guerra económica» como sustituto del enfrentamiento militar directo, mediante embargos comerciales, restricciones en el área tecnológica y políticas monetarias. Como demostró el trabajo teórico fundacional de Susan Strange sobre el poder estructural, un estado con capacidad para influir en la infraestructura financiera, productiva o tecnológica internacional podrá fijar las condiciones de participación de los otros, lo que reduce la necesidad de coerción directa.

A fines de 2013, justo antes de que Rusia enviara «hombrecitos verdes» a apoderarse de Crimea y partes del este de Ucrania, Thomas Wright (de la Brookings Institution) vio que las redes económicas mutuamente ventajosas podían convertirse en vectores de vulnerabilidad estratégica. Tres años después, Mark Leonard, del European Council on Foreign Relations, acuñó la expresión «armamentización de la interdependencia», en un ensayo en el que advirtió sobre la facilidad con que podían capturarse redes mundiales (inversiones transfronterizas, vías marítimas, infraestructura digital) antes aclamadas como instrumentos de aliento a la cooperación.

Desde entonces, académicos de la «Escuela de Helsinki» (Mika Aaltola, Sören Scholvin y Mikael Wigell) vienen llamando la atención sobre los «corredores geoeconómicos» (oleoductos y gasoductos, rutas marítimas, cables submarinos) que pueden convertirse en «puntos de estrangulamiento» que otorguen una ventaja estratégica a quienes puedan controlarlos, usarlos o destruirlos.

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En tanto, en su libro de 2013 Treasury’s War, Juan Zárate, ex asesor adjunto de seguridad nacional de los Estados Unidos, explicó el uso de redes financieras para desbaratar actividades ilícitas, incluido el terrorismo. Del mismo modo, Robert D. Blackwill y Jennifer M. Harris expusieron el uso de la dependencia de la red de mensajería interbancaria SWIFT como canal para la imposición eficaz de sanciones, y Cameron Rotblat extendió esta lógica de «armamentización de las conexiones» a otros sistemas de pago, cámaras de compensación y redes de bancos centrales. En 2019, Henry Farrell y Abraham Newman escribieron sobre la «interdependencia armamentizada», señalando que los estados que controlan nodos críticos en las redes mundiales de intercambio financiero y de información pueden coaccionar o vigilar a sus rivales. Al mismo tiempo, Anthea Roberts, Henrique Choer Moraes y Victor Ferguson rastrearon los cambios «hacia un nuevo orden geoeconómico», un mundo en el que «el uso de la política económica como herramienta para la seguridad y de la política estratégica como herramienta económica» se habían convertido en norma.

El contexto de todas estas investigaciones es una era de crecientes problemas para la globalización. Estados Unidos ha perfeccionado el arte de impedir que actores a los que se acusa de transgredir las normas puedan realizar transacciones en dólares, expulsándolos sin disparar un tiro del sistema financiero y de pagos mundial. Pero China también ha tejido una red de dependencia mediante la Iniciativa de la Franja y la Ruta: puertos, ferrocarriles y zonas industriales financiados con deuda que se extienden por Eurasia y África.

Además, China ha acrecentado el uso de su dominio de la extracción y el refinamiento de tierras raras (fundamentales para gran parte de la industria de alta tecnología) como una herramienta para amenazar a quien se atreva a oponérsele. Por ejemplo, con el control del 70% del refinamiento mundial de litio, China ha creado un importante punto de estrangulamiento en la cadena de suministro de la industria de los vehículos eléctricos, y ya ha empezado a usarlo a modo de arma. La tensa relación sinoestadounidense es sólo un ejemplo de cómo una interdependencia fuerte puede dar lugar a la hostilidad mutua. En Europa, hay una carrera en curso por reducir la dependencia no sólo de la energía rusa, sino también de los canales de pago estadounidenses y de los sistemas chinos de telecomunicaciones.

Es probable que el problema persista, porque la armamentización de los nodos económicos es más aceptable para los gobiernos que la guerra tradicional. Pero estas tácticas no son gratuitas. Con el tiempo, su uso genera desconfianza y alienta represalias. Los estados que teman estar expuestos adoptarán posturas más defensivas, endurecerán sus políticas comerciales y restringirán la colaboración tecnológica.

En un entorno estratégico tan fracturado, cada nodo económico (un corredor marítimo, un sistema de pagos, una plataforma de datos) se convierte en una posible nueva línea de frente. Con el tiempo, la armamentización de interdependencias fragmentará el comercio mundial en bloques rivales y debilitará los vínculos que en las últimas décadas impulsaron mejoras de prosperidad nunca antes vistas para miles de millones de personas. Cuando cada gasoducto o cadena de suministro de semiconductores se ve como un posible caballo de Troya, la cooperación en retos existenciales como el cambio climático o las pandemias se hace aún más difícil.

Hay que hallar un delicado equilibrio entre el despliegue de ventajas posicionales y su uso como herramienta estratégica. Comprendiendo la evolución de la interdependencia armamentizada, las autoridades podrían evitar los ruinosos errores mercantilistas que llevaron al fracaso de otros períodos de globalización. Pero ¿están realmente dispuestas a hacerlo?

Traducción: Esteban Flamini

https://prosyn.org/hkZ1J1mes